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Diego de Monroy y Salvadora de los Santos: dos cartas de edificación jesuitas poco estudiadas y dignas de rescate

María Águeda Méndez mmendez@colmex.mx  |  El Colegio de México

 

omo es bien sabido, desde los días de la Conquista la combinación Iglesia-Estado se trasplantó a la Nueva España y rigió las vidas, acciones y actitudes, tanto de los recién llegados –que habían sido instruidos en ella– como de los lugareños que encontraron a su paso: había que amoldarlos para que formaran parte del absolutismo que desde entonces imperaría y sería el sistema de gobierno obligado e incuestionable. Por otra parte, es importante recordar que, como indica Elisa Vargaslugo, “la sociedad novohispana fue una sociedad providencialista, todo acto humano estaba considerado como determinado por la Providencia. Desde su nacimiento hasta su muerte, el hombre novohispano debía sujetarse a los dictados de la Santa Madre Iglesia, considerándolos siempre significativos de la voluntad de Dios”.[1]

Las órdenes religiosas desempeñaron un papel efectivo y de suma importancia en la evangelización y educación de los ahora novohispanos: se arrancaron de tajo las creencias locales, principalmente por considerarlas demoníacas e idolátricas, y se introdujo la religión católica monoteísta que, además del cambio radical que significaba y representaba, era la única verdadera. Así, los franciscanos, al ser los primeros en llegar, se dieron a la tarea de llevar a cabo una suerte de apostolado de difusión,  enseñanza y convencimiento, en el que pusieron en práctica varias estrategias para lograr la comunicación e integración deseada de los habitantes de los nuevos dominios españoles:

 

Abarcaron los más extensos territorios y trabajaron con los más variados grupos indígenas, actividades que los obligaron a dominar diversas lenguas, componer gramáticas y vocabularios, traducir textos bíblicos a idiomas nativos y a utilizar técnicas de escritura (catecismos pictográficos) completamente diferentes de las europeas. A su paso por las distintas regiones de México dejaron una huella bien marcada.[2]

 

Arribaron también a estas tierras las órdenes dominica, agustina, mercedaria y, por último, la jesuita. Para los hijos de san Ignacio, “no era suficiente recoger a los niños desde pequeños y darles doctrina y buen ejemplo –lo que ya hacían las otras órdenes–, sino programar todo un plan de estudios, simplificado y claro, adaptado a sus necesidades y aptitudes”.[3] En un principio llegaron a sugerir hacer más sencilla la teología y hasta plantearon que algunos indios “cuidadosamente seleccionados y probados” podrían ingresar al sacerdocio. Ante la negativa de Felipe II sobre este asunto, después de algunos años desistieron de tal cometido. Por otra parte, su propósito era educar a los laicos

 

[...] que influirían en sus comunidades, formarían familias cristianas, darían buen ejemplo y se asimilarían a las costumbres españolas [...]. Los jesuitas, siempre prácticos, no dejaban de resaltar que los indios así educados aceptarían los patrones de vida de los españoles, desde el moderado aprecio de las riquezas ‘porque ni atesoran para ellos ni dan dotes a sus hijos’ hasta la sumisión a la corona.[4]

 

Si bien, al principio con reticencias, Claudio Acquaviva (1543-1615), general de la Compañía, finalmente aceptó la propuesta y empezó “a funcionar en la capital el colegio de San Gregorio [...] destinado a la instrucción de unos cuantos niños indios, hijos de caciques que vivían en régimen de internado y dependientes del Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo”.[5] Ya entrado el siglo XVII se insistiría en que “sólo se formarían en seminarios los hijos de principales, por las expectativas de influencia sobre su comunidad”. Asimismo, conscientes de su situación privilegiada, “los ex alumnos de San Gregorio tenían a gala el ser hijos de las familias más principales”.[6] Cabe recordar aquí que:

 

La Compañía de Jesús que organizó Ignacio de Loyola se fundó con una profunda vocación misionera, diferenciándose de las órdenes religiosas de origen medieval porque no se proponía una vida comunitaria monástica ni conventual, y porque exigía un cierto rigor intelectual de sus integrantes. Fue justamente la búsqueda de miembros preparados espiritual y académicamente una de las motivaciones que llevó a la Compañía a centrarse en la enseñanza, lo que se convirtió rápidamente en una de sus tareas más importantes.[7]

 

*     *     *

Aunque con enfoques diferentes, las distintas órdenes tenían el fin común de atraer, persuadir y, más importante aún, convertir a los habitantes para que se acogiera y practicara la auténtica religión. Logrado todo ello, se requeriría llevar una buena vida para que la comunidad funcionara como era debido bajo la mirada del Creador, eternamente presente. A todos por igual se les guiaba hacia una conducta libre de pecado; dado lo imprevisible de la muerte se necesitaba de una preparación para el paso trascendente de la separación del alma y el cuerpo, en la que se podría lograr la gloria eterna, el fin anhelado de todo fiel instruido en la fe de Cristo. ¿Qué mejor que una existencia ejemplar fuera difundida y recordada precisamente en la fecha en que había sucedido el sustancial viaje metafísico? 

Surgió así una gran cantidad de textos elaborados con el propósito de enaltecer la existencia temporal de los que habían pasado “a mejor vida” y cuya huella en este mundo había sido ejemplar y, por ende, digna de imitar. En las órdenes religiosas se recopilaron y publicaron menologios[8] con la intención de exaltar las virtudes de los biografiados y con el propósito de que no cayeran en el olvido. Entre otros, se cuenta con el que compilara y escribiera el jesuita Francisco de Florencia en 1671 –más tarde aumentado por su correligionario Juan Antonio de Oviedo, en 1747. Igualmente, el que reuniera el franciscano fray Agustín de Vetancurt en 1697. De tenor y contenido similares, tienen la diferencia de que el jesuita, serio y al punto, fue producido principalmente para uso e información de la Compañía. El franciscano, en cambio, parecía tener la mira puesta, como principio de escritura, en la lectura y que el público en general se enterara del contenido sin dificultad. Se reproducen dos fragmentos para mayor claridad.

Del texto original del padre Florencia, Oviedo rescata la vida del italiano Pedro Gravina que murió el 15 de enero de 1635, “tan santamente como había vivido”:

 

[...] por 30 años vivió en el apostólico ministerio de las misiones, entre bárbaros Xiximes, vivo ejemplo de observancia religiosa y celo apostólico de las almas, por cuyo bien aprendió cuatro lenguas extrañas y de las dos compuso Artes y Vocabularios. Fue de gran penitencia y mortificación, de tan alto grado de oración, que fue visto cercado de luces en ella, y una vez fue tanto el resplandor que salía de su rostro y cuerpo encendido en llamas de caridad, que se persuadieron unos criados del capitán del Presidio de San Hipólito –que dormían vecinos a la cámara en que el padre vivía–, que se quemaba el aposento, y abriendo uno la puerta, y entrando a ver qué fuego era aquel, vieron que salía del padre que estaba orando y levantado en alto del suelo. También fue visto del capitán Miguel Suárez, en el aire arrodillado con un Santo Cristo en la una mano y una disciplina en la otra, azotándose (que era lo que entonces, ausente él, estaba haciendo por el buen suceso de la batalla que dicho capitán daba a unos bárbaros rebelados), con cuya visión ayudó a sus soldados, que se hallaban en mucho aprieto, y alcanzaron victoria. Ilustrole Dios en vida y muerte, con señales que mostraron cuán grato era a sus ojos. Murió en uno de los pueblos de su Misión, en la ocupación de su apostolado.[9]

 

Al menologio del franciscano Vetancurt pertenece la siguiente entrada:

 

El venerable hermano fray Andrés Pérez, natural de Montijo, en la Extremadura, hijo de Juan Esteban y de Catalina Grajera, profesó en el religioso convento de la Puebla en 17 de julio del año de 1607, de 29 años de edad, por otro nombre fray Andrés Martín. Fue de caridad ardiente y por esa causa se aplicó a servir a los enfermos; era de oración muy continua y en la contemplación de nuestro redentor muy fervoroso. Yendo por la calle de los Plateros con un costal de afrecho[10], vio una imagen de Cristo crucificado en la calle, y con afrecho y cuerpo se elevó en éxtasis hasta llegar a la imagen. Varias veces le sucedió, estando sirviendo a los enfermos al pasar por delante de un crucifijo que estaba en la puerta de la botica, levantar los ojos y al punto con vaso y cuerpo elevarse. En una ocasión le sucedió llevar cuatro huevos en cada mano y en éxtasis elevarse, y con extender las manos no se le cayó ninguno de los huevos. Sabido por el ilustrísimo arzobispo de México, quiso ver lo que otros admiraban, y yendo un sábado recogiendo limosna lo hizo llamar a su oratorio, mostrole un santo Cristo que él tenía, y sin poderse contener se elevó hasta donde estaba la santa efigiecolgada de que dio a nuestro Señor gracias el santo prelado. Recompensando con su limosna el tiempo que se había detenido fray Andrés sin pedir limosna, tiempo bien ganado, aunque perdido. Estando enfermo el doctor Alonso García, que le curaba, le pidió encomendase a Dios un negocito, y a su intención respondió: “Señor Doctor, se casarase [sic] su hija y vivirá bien casada”. Y así se vio en la experiencia ejecutado. Llegósele el tiempo de ver en la otra vida lo que contemplaba tan fervoroso en ésta y murió en el convento mexicano a 2 de abril de 1631, a cuyo entierro fue numeroso el concurso por la fama de sus virtudes.[11]

 

En las dos obras aludidas, la convención era ordenar las consignas de acuerdo al día, mes y año de muerte del personaje. Era de suma importancia destacar la fecha en la que se hacía el viaje sin retorno; se le daba importancia, así, a la incursión en la ansiada gloria que se compartiría con el ser supremo. En las entradas utilizadas se manejan prodigios; el escrito jesuita es de estilo más austero y da la impresión de haber sido pensado para informar. Hay que tomar en cuenta aquí la acertada observación de Antonio Rubial: “el texto de Florencia es parco en revelaciones y milagros pues, como afirma en su prólogo, la labor de los jesuitas se fundó tan sólo con virtudes sólidas”.[12]

El tono del franciscano, en cambio, parece encaminado a conmover y deleitar. En ambos, desde luego, siempre está presente la ejemplaridad modélica y didáctica. Se cumplen, de esta manera, las consabidas tres reglas esenciales de la retórica: enseñar, deleitar y conmover. Por último, hay un detalle presente en el menologio franciscano que no comparte el jesuítico. La inclusión de la información genealógica, por así llamarla, de los personajes, que incorpora fray Agustín. Es preciso recordar que de esta manera se daba importancia y lustre al lugar de nacimiento del protagonista; se le ubicaba en el mapa trazado en esta especie de santoral anecdótico-ejemplar y estimulante.

Dentro de este escenario del ocaso de la vida, los jesuitas preparaban a muchos para bien morir y lograr la salvación de su alma. Como indicaba el padre Francisco de Arana, “comenzar una nueva vida y clausurar una bienaventurada eternidad, está al arbitrio del hombre y cae debajo de su elección, El medio más oportuno que conduce a esta aspiración es la preparación anticipada de la muerte”.[13] Así, como apunta Javier Burrieza Sánchez, “se meditaba sobre el pecado personal y el del mundo, reconociéndose el hombre en el camino de la perdición. Ahí es donde se ubicaba la meditación de la muerte, entendida desde la caducidad de la vida, contrapuesta a la misericordia y el amor demostrado por Dios”.[14]

Por otra parte, los miembros de la Compañía también ayudaban al bien vivir con las llamadas cartas de edificación, en las que se describía y puntualizaba el valor innegable de las virtudes y se exhortaba a los lectores a imitar la conducta del personaje en ellas destacado. Este resultado de la “actividad hagiográfica” de los soldados de Cristo, como indica Antonio Rubial, se publicaba “a la muerte de un ilustre predicador, hermano, rector o misionero de su instituto”; el historiador incluye un listado de algunas, entre las que se encuentra la del padre Alonso Bonifacio sobre Pedro Joan Castini, de 1664. Sobre ésta cabe señalar que se trata de la vida del primer Padre Prefecto de la Congregación de la Limpia Concepción de Nuestra Señora (o “de la  Purísima”, como se le denominaba en la época) que fue fundada en 1646 en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo. Su objetivo era que sus miembros, de clase alta y privilegiada, por medio del examen de conciencia y la oración mental, desarraigaran de su alma los vicios y pasiones desordenadas.[15]

 

Sobre las cartas edificantes, resalta el historiador que,

Aunque lo milagroso también está presente en sus vidas, lo que importaba resaltar en ellas eran las virtudes, como la paciencia que somete la ira, la templanza y la castidad, necesarias en personas que tienen trato continuo con el mundo, con las mujeres y con los poderosos. La humildad era en este sentido un eje central de las vidas de los sacerdotes biografiados que no tenían empacho en barrer, servir en la cocina o atender a los enfermos.[16]

 

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El padre Antonio Núñez de Miranda, conocido confesor de sor Juana, durante su rectorado en el Colegio Máximo de San Pedro y San Pablo, además de avisar a la provincia del deceso de los correligionarios bajo su jurisdicción,[17] dictó y firmó varias epístolas de este género, en las que se hacía hincapié en la moralidad de los hermanos de orden. Entre ellas, la del padre Diego de Monroy (1598-1679), que se destacó por su compromiso absoluto con la Compañía, carácter afable, grandes dotes diplomáticas y su manera cristiana de vivir virtuosamente con entereza, benignidad, constancia y valor. Resulta de sumo interés, pues el padre Monroy fue el interlocutor principal del obispo Juan de Palafox y Mendoza cuando éste, por medio de un edicto decretó, el martes de cuaresma de 1647, que sus feligreses no se confesaran con los jesuitas ni oyeran sus sermones, por “no tener facultad para confesar ni licencia suya para predicar la palabra de Dios”.[18]  

Se preguntará el lector quién era el padre Monroy, por lo que a continuación se proporciona un resumen de su vida. Nació en Colima, entonces en el obispado de Michoacán, “de padres calificados por su buena sangre”. Cuando era niño murió su padre y la madre trasladó a la familia a una casa que poseía en Sayula, pues en ella tenía “cuanto había menester para criar y doctrinar a su hijo Diego, y hacerlo hombre, para amparo de su viudez y sombra de sus hermanas”.[19]A los diez años se le envió a Guadalajara al colegio jesuita y, al cumplir diecinueve entró al noviciado de Tepozotlán. Al terminar ingresó al Colegio del Espíritu Santo en Puebla para que se perfeccionase en lengua latina y letras humanas.[20]

Comenta en este momento el padre Núñez sobre un rasgo de carácter del padre Diego que le sería muy provechoso por el resto de su vida, como se verá después: “tuvo el hermano Diego de Monroy esa gracia, como gratis data, y que le duró por toda la vida, de insinuarse en las voluntades de las personas con quien trataba, con tanta fuerza, que, a poco tiempo de su comunicación, era señor de sus afectos”.[21]

A los treinta años, en 1628, fue ordenado sacerdote. En 1633, acabados sus grados, se hallaba en el Colegio de San Ildefonso, cuando se desató una epidemia:

 

[…] y parece que con especial providencia [lo] había puesto allí Dios, para cargar sobre sus hombros el peso de tanta enfermedad y enfermos: porque habiendo caído malos todos los maestros, y muerto el padre rector con siete colegiales, sólo quedó el padre en pie, con cargo del gobierno del colegio y con el cuidado de aquella numerosa enfermería. [...] fuera del cuidado con que de día y de noche, asistía a los enfermos y enfermeros, a los unos porque no se les faltase, y a los otros porque no faltasen en nada; era el que oía de confesión y administraba los sacramentos, a los que estaban de riesgo; ayudábalos a bien morir, y después de muertos cuidaba de que los amortajasen y dispusiesen para enterrarlos: y pareció cosa de milagro, que andando tan en medio de tantos enfermos de mal tan peligroso, no le hiriese ni hiciese impresión alguna.[22]

 

Como era de esperarse, el colegio se quedó vacío y “por sus persuasiones” el padre Diego logró que volvieran los alumnos que lo habían abandonado por la enfermedad y se “pobló de nuevo”, tal y como estaba antes.[23] En 1635 hizo profesión de los cuatro votos. Después fue enviado a la Casa Profesa como resolutor de casos,

[...] oficio de tanta importancia por los muchos y muy arduos que en aquella casa de contratación espiritual de México, se consultan y resuelven que ha sido siempre empleo digno de los primeros sujetos de la provincia, y el P. Diego de Monroy fue uno de los que dieron lleno a tan autorizada ocupación, en que estuvo cinco años (1635-40) resolviendo los casos que le traían que fueron muchos, y componiendo no pocos que tocaban a terceras personas, bien enmarañados, y que sólo su destreza y autoridad con las partes, les pudo dar feliz ajuste con aprobación y gusto de los interesados. [...] Apenas hubo negocio público en la ciudad en que no interviniese su dirección, porque todos lo buscaban, así por la opinión que tenían de sus aciertos, como por la gran cabida y valimiento que tenía con los virreyes, oidores, con los arzobispos y capitulares y tantos señores del santo tribunal de la Inquisición y con las demás personas de posición de la ciudad, reino, que no sabían negar lo que el P. Diego de Monroy les pedía.[24]

 

En 1646 se le nombró rector del Colegio del Espíritu Santo en Puebla; un año después arribó don Juan de Palafox y Mendoza. Al enterarse del cargo del padre Monroy, “así que supo de su venida a la Puebla, estando en la visita de su obispado, la dejó y vino a ella a complacerse, según dijo, de un rector tan de su gusto y tan de su afecto y a quien había comunicado en México y hecho concepto de su grande capacidad y talentos”.[25]

Según describe el padre Núñez, la vida transcurría pacíficamente hasta que “llegó el caso que se temía y esperaba, de la más horrenda borrasca que ha padecido la Compañía en esta provincia y dudo haya habido otra mayor en las demás de toda la Compañía”, cuando

 

[...] impensadamente se azoró el señor obispo con tan implacable fiereza, que en martes de cuaresma, y estando en el jubileo, descubierto el Santísimo Sacramento, hizo leer un edicto, en que mandaba a todos sus feligreses, que ni se confesasen con los de la Compañía ni oyesen sus sermones, por decir que las confesiones eran nulas y sacrílegas, por no tener facultad para confesar ni licencia suya para predicar la palabra de Dios, ni haberla tenido hasta aquel día, con otras palabras de mortificación y descrédito de ella y de sus ministerios de que resultó aquel tan reñido y ruidoso pleito, que hasta hoy, habiendo pasado más de 30 años [1679], dura el calor de él en las cenizas que han quedado de su incendio en los pechos apasionados de la Puebla.[26]

 

Ante la noticia el pueblo se encrespó, y “como el prelado era poderoso y tenía muchos dependientes y aficionados, siguieron las pisadas de su Cabeza”. Sólo en un número reducido no se alteró el respeto que tenía hacia los hijos de san Ignacio. Los demás “se fueron a su banda y excitaron tan fiera persecución, que en pocos días se hallaron los de la Compañía casi acorralados y encerrados en sus clausuras, sin atreverse a salir de casa por las descortesías y atrevimientos populares”. Algunos habían sido excomulgados, otros amenazados, pero “todos perseguidos, todos infamados, embarazados los ministerios de predicar y de confesar, cerradas nuestras iglesias, las escuelas de nuestros colegios casi sin estudiantes, porque los padres (de los niños) o por contemporizar con el prelado, o por no incurrir en su indignación, los sacaban de ellas”.[27]

Así las cosas, al padre Monroy –como cabeza de la Orden en Puebla– tocó tratar de resolver la difícil y peligrosa situación. La gente, enardecida, y tan fuera de control no respetaba a ninguno de los miembros de la Compañía ni le prestaba atención aunque, a Monroy sí lo honraban. Describe el padre Núñez que nunca le hablaron con descortesía y

 

[...] ninguno del vulgo que andaba insolente se desmandó con él al menor asomo de descomedimiento, y, lo que más es, en el tiempo de más peligro, y en que todo era confusión en el palacio del señor Obispo, se entraba el padre por él con la misma seguridad y confianza que cuando estaba en amistad y correspondencia con la Compañía porque el prelado le cerrase las puertas ni los de su familia se atreviesen a ningún desvío; no perdonando a los demás de la Compañía, a quienes por escrito y de palabra afligían con desusados maltratamientos y mortificaciones.[28]

 

Los allegados al rector Monroy le aconsejaban sobre qué acción sería mejor tomar. No hizo caso de lo que le proponían y decidió –a un mes de lo que Núñez describió como “la refriega”, y llegado el tiempo de la Pascua de Resurrección– ir con los demás rectores al palacio obispal “por guardar el respeto y la cortesía debida a un Príncipe de la Iglesia tan superior”. Así, se presentó en el palacio,

 

[...] y no sólo no le dificultaron la entrada, sino que, cuando supo el Sr. Obispo, que estaba allí el P. Diego de Monroy con los otros superiores (cosa que no aguardaba), salió de la sala de] recibimiento a recibirlos con singular agrado y señales de benevolencia, y con la misma, los introdujo en ella, y recibió las pascuas, prosiguiendo después la conversación con tantas significaciones de benignidad y amor que los padres rectores estuvieron admirados de lo que veían, y los de la familia del Sr. obispo y otras personas que lo notaron, se persuadieron que aquel día se acababa el pleito y volvía la paz antigua.[29]

 

Para sorpresa de los asistentes, el obispo recibió la felicitación y, cautivado “por la cortesía del padre”, decidió corresponder al gesto del jesuita, “mandó poner los coches con ánimo de ir a pagarle la visita, y retornarle las pascuas”,acto que no llegó a realizarse, pues algunos de los consejeros del prelado “afearon” su determinación al exponerle “razones políticas” y lo disuadieron de llevarla a cabo. Pero, “ya que le desbarataron el primer intento, no pudieron quitarle la estimación con que quedó del P. Diego de Monroy”.[30] Concluye el padre Núñez que su correligionario “dejó a  nuestros ministerios corrientes y al Sr. Obispo, si no en lo interior aplacado, en lo exterior contenido”.[31]

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Una segunda carta de edificación que merece atención aquí es una poco común, debida a la pluma del jesuita Antonio de Paredes, de 1791, cuando la orden jesuita ya no tenía injerencia en la Nueva España, por haber sido expulsada del imperio español en 1767. Como es sabido, la Compañía de Jesús no tenía capítulo femenino, por lo que las cartas de edificación dedicadas a mujeres no son muchas. De hecho, Antonio Rubial indica que no llegaban a una decena.[32] En la que nos ocupa, se trata de la vida de una india otomí del siglo XVIII. Como explica su autor, aun pasados muchos años de la conquista, los otomíes que vivían en los medios rurales conservaban su natural rudeza y su lengua era difícil hasta de pronunciar. Sin embargo, los había que vivían en las ciudades que aprendían la “lengua castellana” y se comunicaban con los españoles.[33]

Describe el padre Paredes la situación de los que vivían en “rancherías, distantes de poblado” que se ocupaban de las labores de la tierra “cuyos groseros frutos son el sustento de sus vidas, perseveran agrestes, casi bárbaros y como brutos [...] escasos de doctrina”.[34] El jesuita indica muy pronto a lo que se dedicará su narración: “De este horrible bosque aislado sacó el Padre de las Misericordias a Salvadora de los Santos, [...] previniéndola desde su infancia con celestiales bendiciones, para que manteniendo la nativa inocencia hasta la muerte, saliese de esta vida con muchas virtudes meritoria de vida eterna”.[35]

Su padre, Joseph Ramírez, era un “indio principal, de mucha razón, sin vicio alguno, originario del Real de Minas”; su madre, Francisca Martínez, “india también noble”, era de San Juan del Río. Ambos eran pastores dedicados a las labores del campo y la cría de ovejas; tuvieron once hijos, siendo Salvadora la última, que tuvo como padrinos de bautismo a los peninsulares Salvador González y María Flores. Joseph “se acomodaba a servir a los españoles, acompañándolos con toda fidelidad en sus viajes y haciéndoles con todo empeño sus negocios”.[36] La niña era dócil y obediente y, desde muy pequeña virtuosa.

La carta está salpicada de prodigios y detalles que hacen amena la lectura. Entre ellos, el que la niña, sin saber lo que era el ayuno, algunos días se negaba a tomar el alimento de la mañana, pues según le decía a su madre “quería ayunar” y por sí sola se “aplicó a aprender las oraciones y doctrina cristiana”.[37] A los doce años sus padres la encargaron de cuidar a las ovejas. Sucedió entonces que fueron acosadas por coyotes rabiosos; la chica volvió un día con la ropa hecha jirones por defender a los animales a su cuidado y no se contagió de la enfermedad. Aprendió sola a trasquilar, hilar, tejer y teñir la lana. Un día se le ocurrió hacerse una especie de hábito, parecido al de los carmelitas (“tejió un sayal y de él hizo un saco” y “de lienzo dispuso una toca”) y así se vistió desde aquel día, porque “saboreada con la dulzura de la vida espiritual deseaba un retiro en que imitar a los religiosos o anacoretas”.[38] Con mucho trabajo y preguntando a algunos, aprendió a leer y escribir sin maestro; pudo leer algunas novenas, vidas de santos y reprodujo el Via Crucis con pequeñas cruces en una colina y lo repasaba de vez en cuando, siguiendo la estación correspondiente.

Por otra parte, oía misa a diario; se confesaba y comulgaba a menudo. Al paso de los años servía a los curas en la Cuaresma, cuando hacían que anualmente los feligreses cumplieran con los sacramentos. De esta manera, “se connaturalizó con la virtud, experimentando una grande inclinación a todo lo bueno y horror notable a todo lo malo”.[39] Tenía muy presente a Dios y por Él vivía en la pobreza “hacía guerra a su carne, reprimía sus apetitos y frecuentaba la oración”, hacía lo posible por dormir poco y practicaba “crueles disciplinas con que ya entonces maceraba su cuerpo”.[40] Así va tejiendo el relato el padre Paredes para conmover y convencer a sus lectores.

El camino de la joven Salvadora hacia su entrada al Cielo estaba ya trazado. Entre otros, su padre servía a don Juan de Dios de Estrada en Querétaro y la familia se hospedaba de vez en cuando en su casa. Sucedió así durante una Pascua de navidad. Conoció Salvadora a la beata carmelita María Magdalena del Espíritu Santo que estaba en vías de fundar un beaterio; la joven decidió quedarse en él y como no contaban con fondos para mantenerse, la virtuosa india ofreció “cuidar, servir y solicitar limosna para aquella Comunidad, que despreciando las necesidades de la vida temporal, su deseo era huir del siglo y darse a Dios en un retiro”.[41] Ingresó como donada y haría las labores de una sirvienta, lo cual sucedió el 25 de diciembre de 1736; el 6 de enero hizo voto de castidad ante el director espiritual del beaterio. A diario limpiaba la vivienda, llevaba sobre sus hombros el agua que se necesitaba, hacía las diligencias necesarias y pedía caridad. En el tiempo que le quedaba libre tejía, acompañada de dos calandrias que había domesticado y que “le daban música y bajándose por la tela se la subían a la cabeza, de aquí se la pasaban al hombro y de ahí [de nuevo] a la cabeza”; nunca se apartaban de ella.[42]

Dado que en la narración se insiste en su natural apego a la pureza, no podía dejar de aparecer el demonio para tratar de inducirla al pecado. En una ocasión, cuando iba camino a Salvatierra para pedir donaciones, de pronto tenía a su lado a un vaquero “tan mal agestado como libre, que con acciones y palabras la incitaba a torpeza”. Ella trató de disuadirlo diciéndole que llevaba la “vara de san Joseph” pero el individuo seguía acercándosele. Sacó “un huso[43] de hierro que llevaba consigo, le dio un buen piquete, con lo que se apartó de sí”. De repente “se desapareció de su vista”, por lo que el padre Paredes concluyó: “se puede con buen fundamento discurrir que aquel vestigio era el Espíritu de las tinieblas, que en figura de vaquero venía a ver si podía amancillar la castidad de Salvadora”.[44]

En otro momento, cuando iba a Apaseo se le hizo encontradizo un ermitaño que fue diciéndole por el camino numerosos “oprobios” como “vagamunda engañadora” y que deseaba que todos la tuvieran por santa, “que las mujeres deben estar recogidas en sus casas”, que con qué licencia pedía limosna y que su modo de vida era artificio para su conveniencia. Al no recibir respuesta, el ermitaño se metió a un pantano y se enlodó el pie. Se lo enseñó y le pidió que fuera con él y se lo lavara. Ella le dijo que lo haría como Jesucristo con sus discípulos e hizo el lavatorio. El sujeto se mofó de ella, la insultó y se fue. La conducta del personaje hizo pensar al narrador jesuita que era el demonio que quiso que perdiera la paciencia; no lo consiguió, como indica, porque “en ella obraba la gracia”.[45]

Salía temprano todos los días y su apariencia al principio causaba sorpresa, pues “vestía entonces una capita de sayal pardo raído, una toca desaseada que le cubría la cabeza, de lienzo burdo; a las espaldas un gran sombrero blanco” como los que usaban los carmelitas.[46] Su apariencia en un principio fue motivo de burlas, pero pronto, al ver la vida que llevaba, los escarnios se convirtieron en veneración. Tenía bienhechoras que le daban limosna y ella correspondía aconsejándolas que se resignaran a la voluntad divina y, así, sobrellevaran sus penas, diciéndoles que las hermanas rezarían por ellas para que el mérito no fuera suyo; tal era su humildad. Las vendedoras del mercado se alegraban de que una india como ellas fuera tenida por santa en el pueblo. Aun “algunas personas discretas la llamaban la hormiga harriera, porque continuamente estaba trayendo provisión al beaterio y algunos reales con que la socorrían los piadosos”.[47]  

En la carta se describen varios prodigios, entre otros, que amansó a un caballo bronco con sólo montarlo, se llevó a un muchacho moribundo a Querétaro y cuando llegaron estaba sano, revivió a un pollo muerto con el calor de las manos e hizo que un pájaro que se había salido de su jaula volviera a ella con sólo decirle: “pajarito desobediente, ¿qué andas haciendo? Vuélvete a tu jaulita”.[48] Además, adivinaba las malas intenciones de la gente. Su vida fue de veintiséis años de servicio ininterrumpido hasta que murió con tranquilidad y alegría porque se reuniría con el Niño Jesús a quien había ofrecido su vida. Fue su muerte “como previno David la del justo: porque cerrando como para dormir los ojos, tomó el sueño y el Señor recibió en sus manos aquel espíritu que lo glorificó en la tierra con sus virtudes”. Había cumplido sesenta y un años y dejó “como amada de Dios y de los hombres, recomendada su memoria a la posteridad, en bendiciones de alabanza”.[49]

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La carta de edificación de Salvadora de los Santos tuvo un éxito mayor al esperado, pues como informa Dorothy Tanck de Estrada, dado que en la Nueva España no había gran variedad de libros de texto:

 

En 1784 los gobernadores indios de Tlatelolco y Tenochtitlan en la ciudad de México decidieron buscar un libro que pudiera servir como texto escolar en las escuelas para niños y niñas indígenas. Buscaron una obra relacionada con la vida de los indios y que fuera de agradable lectura para los alumnos. Decidieron distribuir la obra [la carta edificante del padre Paredes] no solamente en las escuelas dentro de la ciudad, sino en los 13 pueblos de indios alrededor de la capital que formaban parte de la jurisdicción que se llamaba “las parcialidades de Santiago Tlatelolco y San Juan Tenochtitlan. La población indígena de estos 15 lugares era de 42 500 indios en 1800: aproximadamente 17 800 dentro de la ciudad de México y 24 700 en los 13 pueblos alrededor de la capital.[50]

 

La carta pareció adecuada e interesante a los gobernantes de las parcialidades antes mencionadas y en 1784 hicieron una reimpresión de la biografía de la india otomí. Su intención era que “los niños encontraran en Salvadora un modelo de conducta porque ella, india como ellos, había logrado ser honrada por la sociedad”. Además, “esperaban promover en los alumnos orgullo en una antepasada renombrada y contribuir a la formación de la cohesión étnica”. Se distribuyó gratuitamente de 1784 a 1821 en el valle de México y al agotarse la reimpresión se mandó a hacer otra en 1821.

Añade Tanck de Estrada que “Hasta ahora es la única biografía que se ha encontrado de una persona indígena escrita y publicada en el continente americano durante los tres siglos de la época virreinal. Además, se podría considerar la obra como el primer libro de texto gratuito en México”.[51] Seguramente, los soldados de Cristo a su vez deben haber quedado debidamente edificados con tal recepción imprevista, amén de la virtuosa y honesta influencia del escrito de su correligionario en muchos niños indios de finales del siglo XVIII y principios del XIX.

*     *     *

Las cartas de edificación, como se ha visto, constituían un género utilizado por la Compañía de Jesús para promulgar la obediencia que era la base de su conducta y acciones, pues “el discurso ignaciano parte de la idea de que en la obediencia no se acata la orden de un hombre, ya sea éste confesor, superior eclesiástico o autoridad civil, sino la voluntad de Cristo”, a la que deben “sujetarse las tres potencias del alma: memoria, voluntad y entendimiento”.[52] Esta era el fundamento de las dos cartas de edificación incluidas en este trabajo: tanto el padre Monroy como Salvadora de los Santos respetaban y estaban subordinados a su situación vital que no les permitía desviar sus actos ni pensamientos. Se daba con ellos un ejemplo a seguir para los lectores a los que se guiaba de manera sutil hacia la imitación de tales vidas ejemplares. 

De esta manera, la orden jesuita –con la pericia que la caracterizó siempre– se hizo de una herramienta muy eficiente y perdurable que “para provocar la interiorización de valores y normas fue suministrar modelos [...] que sintetizaran las virtudes”.Las cartas constituían así un género que “gracias a su apertura temática y estructural admitió sin problema esta variedad discursiva”.[53] Por otra parte, se cumplía de esta manera con la comunicación necesaria que debería haber entre los miembros de la Compañía, cualquiera que fuera su puesto en ella. Como subraya Guillermo Zermeño,

 

[...] se recomienda y ordena que se haga llegar a través de las letras[54] a todos los miembros ‘las nuevas de la Compañía’. [...] Las letras deben informar además de todo aquello ‘que hay de notable’, que salga de lo normal, o también, se añade, de cosas de ‘edificación’. A su vez, se recomienda que se incluyan en las lecturas a la hora de la comida para solaz y cultivo del alma: ‘Cosas semejantes son como leer letras de edificación; y si algún otro ejercicio pareciese alguna vez convenir’.[55]

 

La red de comunicación ideada por la Compañía era una manera de tener a todos sus miembros al día de lo que sucedía en su amplio ámbito de acción e influencia. Se proporcionaban, además, testimonios valiosos sobre la cultura, época y costumbres de las que se ocupaban. Por otra parte, el que la carta de Salvadora haya sido reproducida varias veces y usada como material de lectura a finales del siglo XVIII y principios del XIX le dio un valor agregado a su difusión que probablemente no previeron los hijos de san Ignacio. No sucedió lo mismo con la carta sobre Diego de Monroy que, hasta donde sabemos, ha pasado largos años en el antiguo Archivo de la Sociedad de Jesús[56] sin darle el valor que amerita. Si bien el suceso ha sido tratado por muchos historiadores, la figura del jesuita y la opinión y comentarios del pensamiento de su contemporáneo Núñez de Miranda, esbozados aquí, no han sido tomados en cuenta. Por todo lo anterior es necesario que todo este conjunto de misivas sea rescatado de los archivos y estudiado con la atención y cuidado que merece.


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Zermeño, Guillermo, Cartas edificantes y curiosas de algunos misioneros jesuitas del siglo XVIII. Travesías, itinerarios, testimonios. México, Universidad Iberoamericana, Biblioteca Francisco Xavier Clavigero, 2008.


[1]
Elisa Vargaslugo, México Barroco vida y arte, 23.

[2]Francisco Morales, “La Nueva España, centro de expansión y ensayos misioneros”, 223.

[3]Pilar Gonzalbo Aizpuru, Historia de la educación en la época colonial. El mundo indígena, 155.

[4]Idem, 155-156.

[5]Idem, 157-158.

[6]Idem, 167.

[7]Domingo Ledezma y Luis Millones Figueroa, “Introducción: los jesuitas y el conocimiento de la naturaleza americana”, 9.

[8]“El Martyrologio o Kalendario de los Griegos, dividido por cada mes del año. Es voz Griega, que significa mes y discurso”. Diccionario de Autoridades, s. v. “menologio”.

[9]Francisco de Florencia. Menologio de los varones más señalados en perfección religiosa en la Provincia de la Compañía de Jesús de la Nueva España [...] Nuevamente añadido por el P. Juan Antonio de Oviedo, 23-24.

[10] Lo mismo que salvado. Es voz antigua, que ya sólo tiene uso en los reinos de Andalucía. Diccionario de Autoridades, s. v. “afrecho”.

[11]Agustín de Vetancurt, Menologio franciscano de los varones más señalados, que con sus vidas exemplares, perfección religiosa, ciencia, predicación evangélica, en su vida y muerte ilustraron la provincia de el Santo Evangelio de México [...], 39-40.

[12]Antonio Rubial García, “La crónica religiosa: historia sagrada y conciencia colectiva”, p. 362.

[13]Muerte prevenida, cristiana preparación para una buena muerte. Sevilla, 1736. Apud Javier Burrieza Sánchez, “Los jesuitas: de las postrimerías a la muerte ejemplar”, 514.

[14]Idem, 515.

[15]Cfr. Libro de la fundación de la Congregación de la Limpia Concepción de Nuestra Señora [...] 1646, passim.

[16]Antonio Rubial García, “La crónica religiosa...”, 346.

[17]Esto se hacía con esquelas que informaban de la fecha, causa de muerte y algunos rasgos generales en que se incluía el rango que ocupaban en la comunidad jesuita.

[18]Carta del padre Antonio Núñez, Rector del Collegio de San Pedro y San Pablo de México, en que da noticia a los Superiores de la Provincia de la Compañía de Jesús de la Nueva España, de la muerte y Religiosas Virtudes del padre Diego de Monroy, difunto en México. 1679, 29 pp.

[19]Para mayor facilidad en la localización de citas, de aquí en adelante se utilizará la entrada relativa a esta carta en Francisco Zambrano, S. J., Diccionario Bio-Bibliográfico de la Compañía de Jesús en México tomo X, Siglo XVII (1600-1699), 101. Se cotejaron ambos documentos.

[20]Idem, 108.

[21]Ibidem.

[22]Idem, 110. Enfasis mío.

[23]Idem, 111.

[24]Idem, 113. Énfasis mío.

[25]Idem, 116.

[26]Ibidem.

[27]Idem, 116-117.

[28]Idem, 117-118.

[29]Idem, 118.

[30]Ibidem.

[31]Idem, 117.

[32]“La obediencia ciega. Hagiografía jesuítica femenina en la Nueva España del siglo XVIII”, 162.

[33]Carta Edificante en que el P. Antonio de Paredes de la extinguida Compañía de Jesús da noticia de la Exemplar Vida, sólidas Virtudes y Santa Muerte de la Hermana Salvadora de los Santos. Cfr., 3.

[34]Idem, 2-3.

[35]Idem, 3. Cursivas en el original.

[36]Idem, 5-6.

[37]Idem, 7-8.

[38]Idem, 9-12.

[39]Idem, 19.

[40]Idem, 20.

[41]Idem, 23-24.

[42]Idem, 27-28.

[43]“Instrumento, en que las mugeres que hilan van revolviendo la hebra, y formando la mazorca. Hácese de madera, y tiene un palmo o poco más de largo. Es redondo, y por la parte inferior del gruesso de una pulgada, y vá adelgazando hasta su extremidad, donde se le hace la hueca, para que no se vaya la hebra”. Diccionario de Autoridades, s. v. “huso”.

[44]Idem, 57-58.

[45]Idem, 69-70.

[46]Idem, 32.

[47]Idem, 33-35.

[48]Idem, 81.

[49]Idem, 108.

[50]Independencia y educación..., s /p. [p. 2] la numeración es mía.

[51]Idem, s/p, [p. 3].

[52]Antonio Rubial, “La obediencia ciega...”, 163.

[53]Irma Elizabeth Gómez Rodríguez, “La diversidad discursiva en el género epistolar”, 6-7.

[54]Indica el historiador que se usa “letras”, un término castizo próximo al francés para designar a las cartas. Cartas edificantes y curiosas de algunos misioneros jesuitas, 19.

[55]Idem, 19-20.

[56]Hoy en la biblioteca de la Universidad Iberoamericana de la ciudad de México.

 

FIN


 

 

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